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Efraím Medina
22/12/05

SEGUNDA ENTREGA

SEGUNDA ENTREGA
...Para estos chicos no es extraño ser padre de dos hijos antes de cumplir quince años...
DE BILLY THE KID A CARLOS MARIO “PISTOLAS”
por Efraim Medina Reyes

IV
A mediados de los ochenta, justo cuando Carlos Mario estaba por nacer, el narcotráfico reclutó a cientos de chicos de las zonas marginales de Medellín (se les suele llamar Comunas) para formar pandillas que defenderían determinados territorios y enfrentarían en nombre de su capo a las autoridades que no hubieran podido ser “compradas”.

A comienzos de los noventa ya las pandillas se habían convertido en verdaderos ejércitos y buena parte de ellos estaba al servicio de Pablo Escobar. Este no sólo se convirtió en el capo de todos aquellos chicos, también era un ídolo por el que estaban dispuestos a dar la vida. Ellos, que habían sido abandonados por sus padres y aislados social y culturalmente, se identificaron de inmediato con Pablo Escobar.

Después de todo tenían su mismo origen, los mismos resentimientos y casi los mismos sueños.

Para muchos de ellos y sus familias Pablo Escobar construyó casas y fundó barrios enteros donde no existía más ley que la suya pero el precio de todo eso seguía siendo la muerte y la violencia. La frase rockera de “vive rápido y muere pronto” fue y sigue siendo el código esencial de estos chicos, ellos no tienen grandes expectativas pero tratan de vender cara la piel.

V
Durante la guerra contra el narcotráfico murieron muchos de estos chicos y los que lograron sobrevivir quedaron a la deriva.

Muertos los grandes capos y con el negocio en manos de la guerrilla y los paramilitares nos les quedó otra alternativa que enrolarse en uno u otro grupo que engrosarían con ellos sus milicias urbanas. Otros prefirieron organizarse en bandas de delincuencia común para trabajar como sicarios o realizar secuestros. La industria del secuestro se disparó en los noventa porque a los grupos armados no les bastaba el narcotráfico para financiar una guerra cada vez más sucia y costosa. Muchas bandas de chicos empezaron a realizar secuestros con el único objetivo de venderle el secuestrado al mejor postor entre los grupos armados. En los últimos veinte años la violencia en los barrios marginales ha ido creciendo hasta alcanzar niveles demenciales, a la guerra entre milicias y la guerra de milicias contra la delincuencia común se sumó la llegada de miles y miles de desplazados, en su mayoría chicos, que hoy alcanzan en todo el país la impresionante cifra de dos millones. A esos chicos, que huyendo de la guerra en el campo llegan a la periferia de las grandes ciudades, nos les queda nada.

La guerra ha masacrado a sus familias y destruido sus pueblos y sin un lugar en el mundo deben disputar espacio en la jungla urbana y renunciar a sus costumbres, su música y sus fantasías campesinas. Deben empuñar armas que no conocen y defenderse de enemigos que no odian y aceptar una vida donde no cabe la posibilidad de volver y no existe futuro. Durante años al gobierno pareció importarle muy poco la violencia que azotaba las zonas marginales, a fin de cuentas eran sólo chicos pobres que mataban a otros chicos pobres, pero ahora que esa guerra de milicias amenaza con tomarse las ciudades enteras y destruir la tranquilidad (impuesta con seguridad privada y perros de presa) de los barrios exclusivos y los lujosos centros comerciales, el gobierno decidió tomar cartas en el asunto y ordenó al ejercito sacar a sangre y fuego a todo el que resulte sospechoso y ya se sabe que nada es más sospechoso en este mundo que un chico pobre.

VI
Un chico armado en una fotografía también tiene una vida, una vida marcada por la angustia pero donde tiene cabida el amor y algunos pocos sueños. Víctor Gaviria, un poeta y director de cine de Medellín, ha recogido en sus películas Rodrigo D. No Futuro y La Vendedora de Rosas un poco de la historia de estos chicos. En sus películas no hay actores profesionales sino chicos que se interpretan a sí mismos, hoy la mayor parte de los que aparecen en esas películas están muertos. Para estos chicos, abandonados casi todos por el padre en plena infancia, la madre es una figura sagrada: ella los ha criado y defendido, ella es su refugio último, ella es la única persona en el mundo a quien de verdad le importan y por ella son capaces de todo. A estos chicos les gusta el heavy metal y desde la infancia han tenido contacto con todo tipo de drogas. No suelen casarse o lo hacen por su propio rito, su rito callejero donde la palabra es lo único que cuenta y quien no la cumpla lo paga con sangre.

Para estos chicos no es extraño ser padre de dos hijos antes de cumplir quince años. Las pandillas son sectas muy cerradas y después de cierto tiempo no se aceptan con facilidad nuevos miembros. Si un chico pretende ingresar a una pandilla debe probar su coraje asesinando a la persona que el jefe de esta pandilla elija. El jefe suele ser implacable y para estar seguro que el aspirante es de confianza lo más probable es que le ordene matar a alguien muy querido, incluso a un familiar del aspirante. Antes de iniciar su carrera de sicario algunos chicos suelen beber sangre de gato para heredar las habilidades de éste animal y las siete vidas que el imaginario popular les atribuye.

Un chico armado en una fotografía es alguien que va seguido a la iglesia y ama a su madre por sobre todas las cosas. Cuando hay tiempo al chico le gusta bailar fuerte en compañía de su novia y entonces sueña que la vida puede ser diferente, que puede escapar con su novia en un auto rojo y llegar hasta un país fragante donde los pájaros ríen y nadie muere a los 18.

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