Desde que tengo uso de razón, cada 31 de Diciembre mi mamá me hacía salir con una maleta (o morral) a dar la vuelta a la manzana (o casa de finca, o piscina, o edificio donde me encontrase) con el fin de augurar un año nuevo lleno de viajes y aventuras. Y mientras yo trataba de seguir los pasos de mi madre cargando un morralito vacío, me imaginaba a mi mismo abordando aviones gigantes para explorar países extraños, viendo a los “extranjeros” en su terruño alegrando mis oídos con idiomas desconocidos y costumbre extrañas. Sin embargo los años pasaban, llegaban otros 31 de Diciembre, con el mismo ritual: “este año nos vamos para Europa”, sentenciaban los mas avezados miembros de mi familia, mientras yo con optimismo pueril me decía mientras corría: “Este si es el año”, mientras me atragantaba de uvas (hecho que hace un par de años casi termina en tragedia pues me tragué una uva entera por accidente sin que nadie lo notara pues para colmo de males yo era el último de los maratonistas de manzana).
Hoy a mis 28 años confieso que hasta el 31 de Diciembre pasado corría como loco con mi morralito lleno de sueños mientras sonaban las doce campanadas que finalizaban un año lleno de sinsabores. Y para sorpresa mía: este año tampoco viajé. Lo triste del asunto es que me casé y ni siquiera pude ir de luna de miel por cuestiones de trabajo. Así que he tomado una determinación: éste año no voy a salir con morral, ni voy a comer uvas, y ni hablar de calzoncillos amarillos. Este 31 de Diciembre, cuando al sonar la primera campanada y Pastor lopez retumbe en la radio con su voz nasal: “…vamos a brindar por el ausente, que año que viene esté presente….” Y todo mi cuerpo me pida a gritos agarrar la primera maleta, morral o bolso de mujer que se encuentra a mi paso para salir a correr, seré fuerte y permaneceré estático en mi silla, porque yo creo que lo que me sala los viajes es la berraca vuelta con maleta.