Mi afición por el rock viene de la infancia y recuerdo que en esa época muchos se burlaban de mí porque escuchaba una música que no podía entender, para ellos una canción era la letra y si no podías entender la letra, la canción no existía.Pero ya sabemos que la música es un lenguaje y el lenguaje no tiene idioma.
A diferencia del idioma el lenguaje es más abstracto e imaginativo, sus fronteras no están definidas. El idioma es chato, crudo, limitado y apreciar las cosas sólo dentro del contexto del idioma nos limita aún más. Las cosas son buenas, malas y todo lo contrario pero una manía colombiana es el extremismo, el sólo amar y odiar y juzgar todo a partir de esos sentimientos: si aman admiran lo que aman, aprecian lo que aman, lo que aman es lo mejor. Si odian no ven ningún atributo en lo que odian.
Es una visión estrecha y pasional que no deja margen a la reflexión ni a la crítica, nada es más complicado para un colombiano que reconocer un error o un defecto. Si alguien se lo señala se convertirá al instante en su enemigo. Este rasgo fundamental y negativo de nuestra cultura distorsiona la idea que tenemos de nosotros mismos, nos hace dar tumbos entre el entusiasmo de una nacionalidad pervertida y el implacable filo del autodesprecio, y la verdad es que no somos tan buenos ni malos sino todo lo contrario.
Se supone que la cultura debería jugar su papel más importante aportando elementos para la comunicación y la tolerancia, abriendo espacios donde las nuevas generaciones puedan expresar el origen cada vez más fragmentado de sus ensoñaciones, búsquedas y fracasos. Pensar que un chico es estúpido porque escucha rock en una ciudad del Caribe o es peligroso porque no se identifica con la magnífica y desmesurada saga de Macondo, obligarlo a sentir la nacionalidad en el calendario festivo o en las inocuas máscaras de la tele es una forma de aniquilación.
También lo es repetir día tras día con el pecho inflado que García Marquez es el más grande escritor del mundo, que no existe un pintor en el mundo más famoso que Botero, que sin el Pibe Valderrama no podemos jugar al fútbol… y bla, bla, bla… Son buenos, son grandes, han hecho lo suyo pero la vida sigue y los nuevos pintores, escritores, deportistas, etc., deben encontrar su propio espacio y lenguaje.
Necesitamos no uno sino muchos capaces de escribir bien, pintar bien, jugar bien al fútbol. Brasil ama a Jorge Amado y a Pelé pero no vive de sus glorias, lo mismo sucede en Argentina con Borges y Maradona. Si se hubieran aferrado a sangre y muerte a Maradona quizá Messi no existiría. La grandeza de Maradona está también en haberle dado el bautizo de fuego a Messi.
Los grandes hombres colombianos dedican parte de su energía a cuidar su pedestal y cancelar a los posibles rivales. Por eso se rodean y convierten en cortesanos a los más serviles y mediocres. La cultura se mueve con la vida y la idea de cultura debe adaptarse a la idea de vida.
¿Por qué rayos no se puede criticar a ciertos personajes y mitos de nuestra cultura? Nada hay de sagrado en ellos, no son intocables y nada en una cultura lo es. Es curioso que, precisamente a la mayoría de esos personajes que inflan nuestros pechos de orgullo, les importe muy poco la suerte que corramos. Ninguno de estos intelectuales y celebridades han aportado sus ideas y el innegable eco que podrían tener ante el mundo en la búsqueda de salidas a nuestro conflicto, más bien se han hecho los de la vista gorda y sólo aparecen para asistir a festivales, recibir honores y tomarse fotos con los mismos políticos corruptos e incapaces que han construído nuestra miseria.
Nos desgañitamos a gritos porque Montoya gana una carrera de Fórmula Uno pero Montoya sólo viene aquí a firmar comerciales que le llenan la bolsa de billetes y claro, vive a pocos kilómetros del Principado de Mónaco (donde no hay que pagar impuestos). García Marquez y su familia viven en México y USA (y allí invierten buena parte de su fortuna), Botero y su familia en Europa y USA, etc, etc.
De vez en cuando traen alguna migaja por acá o hacen donaciones para lavar ciertas miserias familiares y entonces los medios recogen el gesto y los elevan a héroes. Es cierto que cada persona hace con su vida lo que se le antoja y que un artista o celebridad no tiene porque comprometerse con un país, lo inaceptable es la farsa. Todos esos ídolos locales van diciendo en cada entrevista que aman su país, que es el país más bello del mundo, que todos los libros, canciones y gestas deportivas las han realizado por la paz de su país. Mentira: ninguna canción, novela o triunfo deportivo aporta un ápice por la paz de este país.
Detrás de estos íconos de nuestra cultura rigen la miseria y la guerra sangrienta que ellos observan, si es que lo hacen, a prudente distancia. Como Alonso Mercado ignoro que cosa es la cultura pero me niego a creer que ésta sea una suma de festividades, algunos recuerdos borrosos de una historia borrosa y todavía mal contada o la aparición en una seguidilla de comerciales del gordo y arrogante Montoya, convertido en títire para la diversión de los reyes del mundo.
En mi opinión el Realismo Mágico es la ceniza de un sueño porque en Colombia vivimos personas que cualquier día volamos por el aire no víctima de un conjuro sino de una bomba. Personas que tenemos los mismos sueños, la mente, la cultura y los líos de cualquier ser humano en el planeta. Los elementos ancestrales perviven en todas las culturas pero en el mundo contempóraneo hay elementos afines y un lenguaje que va más allá del idioma o la geografía. Valoro cada cosa que soy y de la que estoy hecho y deshecho, el mundo es mi hogar aun el mundo que se niega a aceptarme y el que yo no acepto.
Los resultados de esa flamante Encuesta Nacional de Cultura me dejan la sensación de una cultura y un país enfermos, enfermos de tele y violencia, de ignorancia, de ausencia de criterios. Una cultura del abandono, del autodesprecio, de lo mediatico. Los colombianos hemos sido, de manera sistématica, condenados a no saber qué sucede en torno nuestro, a ignorar porque nos eliminan día tras día y en todos los sentidos posibles. Sólo sabemos de reinados de belleza, cantantes, realitys y actores de moda, momias sagradas y fechas históricas sin contenido.
Tras la violencia y la tele se oculta un mundo vibrante y poderoso donde convergen elementos culturales de diversa indóle, un mundo donde es posible elegir un modo que no sería el “modo típico colombiano”. Donde Carlos Vives no es el salvador del vallenato ni García Marquez el dios omnipotente de las letras ni Botero importa un pito. De ese mundo soy parte y por eso prefiero, antes que posar de momia ilustrada o monje intocable, ser un chimpacé iluminado y perverso.