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08/06/07

EN UNIFORME

EN UNIFORME
Le ordené quitarse las botas y los pantalones. Obedeció muy callado y sin dejar de mirarme...

Por mi trabajo he mantenido siempre un control sobre mis impulsos, mis deseos. Debo restringirme mucho, controlarme y sacrificarme. Estudié por más de cinco años, quemándome las pestañas, pasando noches en vela, llorando, en fin, ya tienen la idea.

No se confundan, mi carrera, mi opción de vida, mi profesión, es mi razón de ser y me encanta. Soy médico de urgencias y desde hace un año soy la jefa del departamento en un hospital de acá de Bogotá. Por razones que son obvias no voy a decir cuál.

Les decía antes de que me autocensurara y, pucha, no debería ni contarles, no sólo por que es muy íntimo, me da pena, sino porque pongo en riesgo lo que más quiero en la vida, no sean cretinos, no tengo marido, no, hablo de mi puesto, de mis enfermos.

Qué demonios, si no le puedo contar a nadie lo que tengo entre pecho y espalda y, de verdad, necesito sacarlo, pues se los cuento a ustedes. Sé que no me juzgarán, sé que no pensarán mal de mi y sé que no encontrarán o que no tratarán de buscarme. ¿O si?

En fin. Terminando mi año rural me correspondió hacer unos turnos en un hospital en medio de zona roja, los combates entre guerrilleros y militares eran el pan diario de cada día y eso hacía de nuestro trabajo no solo un deber patrio sino una aventura. La sangre que cubría nuestras batas al final del día era derramada por nuestra causa y por nuestro bien. Pobres soldados y pobres guerrilleros, pobres de nosotros.

Una buena noche, como cualquier otra, los heridos empezaron a llegar. Algunos, que Dios nos perdone, no logramos salvarlos, otros ya llegaron muertos a nuestras manos y a los demás los tratábamos como podíamos, con las uñas y con mas ganas que aparatos o insumos. Nunca los volvíamos a ver una vez se iban del hospital, se que algunos regresaban a sus casas, otros terminaron en manicomios y los demás a seguir sirviendo al país, al monte otra vez.

Llovía a cantaros, parecía una escena de la Divina Comedia, que cosa increíble. El trajín fue duro, pero terminó rápidamente, los charcos de sangre, los desechables en el suelo, las camillas vacías y el silencio en la sala me mostraban que la faena había terminado. Nos dieron orden de descanso, me quedé llenando reportes. En ese momento por la puerta entró, caminando, otro uniformado. Un teniente, venía herido en una pierna, ayudó a descargar a sus hombres del camión y sólo quedaba él.

Tenía una esquirla de granada en el muslo derecho. Nada que no pudiera resolver sola. Le ordené quitarse las botas y los pantalones. Obedeció sin chistar. Eso si, muy calladamente sin dejar de mirarme. Yo andaba por mis veinticinco y el teniente por sus treinta. Al verle las piernas entendí porque era tan riguroso el entrenamiento, ustedes no alcanzan a imaginarse esas piernas, que bien formadas, gruesas, morenas, velludas... Firmes. Perfectas. Tuve que tomar aire.

Lo anestesié localmente, inicié la limpieza de la herida cuidándome de no hacerle más daño, él me miraba, suspiraba y gemía, no por mi, sino por la molestia. Pero era fuerte. Extraje con habilidad la esquirla, al sacarla apretó mi cintura, no resistió verla salir a pesar de que salió completita sin comprometer a profundidad el músculo, no había lesiones mayores y sin duda se recuperaría rápidamente.

- Tiene buena mano, doctora, me dijo.
- La mejor, contesté coqueteándole.
- Jeje, sonrió, si señora, la mejor.

Terminé poniéndole mi mano sobre mi hombro mientras, sentado en la camilla, sin pantalones como niño chiquito permitía que le vendara la herida.

-Teniente, ¿Quiere algo para el dolor?
-No doctora, en el monte no hay, aquí tampoco debe haber. Ya sanaré, no es la primera vez que me hieren, tranquila. Pero Gracias.
-Como guste teniente.

Me di media vuelta y me tocó por el hombro para decirme: "Para qué medicina si viéndola a usted he curado todos mis males", me sonrojé.

Esa noche los espíritus del monte estaban rondando, la sala vacía y la llegada del nuevo día me invitaron a conversar con él. Regularmente no hablaba con nadie. Tomamos café.

Para conocer cómo termina esta historia, lee la segunda parte de este relato aqui.

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