Recientemente he tenido la oportunidad de compartir con gente de fuera de Colombia, más allá de cuales hayan sido sus motivos para venir a visitarnos bien sean laborales, sentimentales, recreacionales o simplemente porque si, cada uno de ellos me ha dicho, abierta y eufóricamente, que volverán sin ninguna duda y que, hablaran bien de nuestro país a donde quiera que vayan.
Y eso que no se quedaron, en su mayoría, más de un par de días, a lo mucho tres, y aun así fue suficiente para que se enamoraran de esta tierra.
Durante su estadía y al recorrer las avenidas y calles de Bogotá, las comparaciones no se hicieron esperar. Nuestra arquitectura les recuerda uno u otro sitio que vieron en Europa o en Centro América, el colorido de nuestras calles los lleva a aquellas festividades que vivieron en el caribe y el sol sobre sus caras o el brillar de las luces en las noches los transporta a aquella vez, en que solos, vivieron los mejores años de su vida.
El clima les encanta, es ideal, dicen, porque ni es muy frío ni muy caliente, hablo del clima de Bogotá, claro está y, por si fuera poco, hay agua por montones y el "aire huele limpio". Aunque, siendo honestos, esto depende de dónde huelas el aire.
Parte del tour, como no, incluye una vuelta por la oferta gastronómica de la capital y es ahí en donde, asombrados, descubren que somos más que ajiaco, fríjoles o mondongo, sopa que nunca pude terminar de explicar bien ni traté de comer jamás (Mamá, no lo haré).
Los nuevos restaurantes, las fusiones, en ocasiones mágicas y hasta 'traídas de los cabellos' si se quieren permiten combinar en un mismo plato, en la misma mesa, bajo el mismo techo toda la cultura oriental, la elegancia francesa y nuestro sazón criollo. Hay que probarlo.
La rumba, pues claro, es una sola fiesta y agradecen cada momento. "En mi país, sea el que sea, no existe nada como esto", dicen refiriéndose a Andrés Carne de Res.
Si hay una frase que se haya repetido entre mis visitantes, además de "gracias, la pasé súper" es "no tuve suficiente tiempo, tengo que volver mas días" y "me habían hablado de la amabilidad de los colombianos, pero nunca pensé que fuera tanta".
Así es, los colombianos tenemos fama de amables, de serviciales. Los extranjeros quedan maravillados con el servicio que reciben en el hotel, en un restaurante o en la calle, de un desconocido que se ofrece ayudar simplemente porque si.
Colombia es Pasión es la nueva consigna y muchos, en su mayoría jóvenes, viven con esa ilusión de disfrutar esta Colombia rica en recursos naturales, rica en biodiversidad, rica en cultura, rica en manjares, rica en su gente... Una Colombia deliciosa.
Si, nuestra amada patria tiene sus problemas, desde los 'vecinos invasores' hasta esa eterna pelea por el poder que vivimos a diario. Si, tenemos problemas como la falta de educación, la pobreza, la desigualdad, los trancones y hasta la vecina que hace mucho ruido. ¿Pero quién no los tiene?
Estos amigos vinieron y no vieron nuestros problemas, por mas que nos rodeaban los desplazados, los indigentes, las calles rotas, las basuras y demás. No, ellos no los vieron por que simplemente no los estaban buscando... No, ellos no los vieron porque, si lo sintieron, lo analizaron, buscaron como hacerlo mejor y siguieron adelante.
Y es que es muy fácil estancarse en lo malo, levantarse y quejarse desde que sale el sol hasta el ocaso, lamentarse por lo que no fue y añorar lo que no será, eso, eso es facilísimo... Pero ¿qué nos cuesta un esfuercito y no quedarnos sembrados ahí?
Así pues, en El Dorado, el aeropuerto de Bogotá, cada vez que estreché sus manos o los abrace al despedirlos noté la nostalgia por su partida y en mi este orgullo por vivir, sentir y disfrutar el mejor país del mundo.
¿Qué nos cuesta el levantarnos cada mañana con esta idea?